Del teatro al cine: máscaras
Sonido & VisiónFernando Cuevas
A pesar de sus diferencias en términos de lenguaje, estrategias de representación y tipo de mediaciones que se construyen con el público, estas dos artes han encontrado flujos de intercambio mutuo convertidos en obras adaptadas de un medio a otro, con resultados que han trascendido el mero traslape: teatro filmado o película teatral.
Por lo que a cine respecta, los filmes que provienen del ambiente teatral dependen del adecuado manejo de cámaras, de las estrategias de edición y por supuesto, del nivel de los diálogos, la fuerza expresiva de la puesta en escena y la calidad de las actuaciones, elementos compartidos con la fuente de origen.
Dos ejemplos, uno en cartelera y el otro en tiendas y videoclubes de confianza, que retoman textos del mundo del teatro y lo llevan a las pantallas con nombres ilustres en la dirección y actuación, además de plantearse el reto de utilizar, casi en su totalidad, un solo escenario. El desarrollo de los personajes y los vínculos que establecen entre sí, acaban por ser los factores esenciales para que los respectivos argumentos alcancen a capturar el interés del respetable y, además, lo involucren en las diatribas desplegadas.
Con El ángel exterminador (Buñuel, 1962) como referente obligado para entender la imposibilidad de concluir, vamos adelante.
LA CIVILIDAD COMO MÁSCARA
Dirigida por el maestro polaco Roman Polanski (de Cuchillo en el agua, 62 a El escritor fantasma, 10) y basada en el texto con visos sociológicos de Yazmina Reza, ¿Sabes quién viene? (Carnage, Francia-Alemania-Polonia-España, 11) es un retrato de la manera en la que unos representantes prototípicos de la clase media estadounidense van metamorfoseando las convenciones sociales, aprendidas como parte del proceso de aculturación dentro de las lógicas de occidente, en un campo de batalla dentro del que brota la naturaleza humana en su estado más nítido, salpicada con luchas de poder, desprecio hacia los demás y sentimientos políticamente incorrectos.
Primera secuencia: un niño le pega a otro con un palo, tirándole un diente irrecuperable, en un pleito del parque de la colonia, ubicada en Brooklyn. Segunda secuencia: los papás del niño golpeador están en la casa de los papás del niño golpeado para, civilizadamente, arreglar el problema, primero a través de un convenio escrito y después por medio de una conversación educada. Y a partir de ahí, cuando todo parecía solucionado, empieza a aparecer la verdadera naturaleza humana, cada vez con menos filtros sociales y modales de convivencia.
Jodie Foster interpreta a una mujer progre, de conciencia social y con ciertas inclinaciones artísticas, mientras que John C.Reilly representa a su marido, un hombre más rupestre, dedicado a las ventas y con una tendencia a la evitación del conflicto.
La otra pareja, por su parte, integrada por Christoph Waltz, ventajoso abogado en segundas nupcias, y Kate Winslet, en constante actitud neurótica y al borde de la crisis, parece estar en un estado mayor de ebullición, pronto contagiado a su contraparte.
El cuarteto de pronto se ve en la sala envuelto en un contexto proclive a detonar tormentas en cualquier vaso de agua a la mano.
Y la carnicería del título original, siempre con cierto margen de contención, va tomando rumbos inesperados con un cúmulo de reacciones, alianzas, complicidades y regodeos que parecen conducir a una salida que en realidad nunca está abierta, cual laberinto emocional sin rutas predefinidas.
Ya con alguna copa encima y tras haber degustado el pastel amablemente ofrecido y vomitado por la invitada, el cuadrángulo relacional va modificando sus vértices para acercar a los hombres contra las mujeres, a una pareja contra la otra y hasta a un esposo con la otra esposa y viceversa, todo según la temática en cuestión y la oportunidad para sacar viejas rencillas.
Del exterior, las llamadas al abogado pegado al inoportuno celular, lanzado al agua en acto de liberación marital, y las de la madre del anfitrión, con las angustias naturales de la enfermedad: influjos externos que no hacen sino avivar las llamas de la disputa interna. De fondo, la música de Alexandre Desplat, uno de los compositores para cine más importantes de la actualidad, se entrelaza sutilmente con el conflicto in crescendo, como acompañando el proceso de descomposición no solo de los mecanismos comunicativos, sino de la posibilidad de aprender a convivir, a pesar de no estar de acuerdo con haber dejado salir a la pequeña mascota.
VER A TRAVÉS DE LA MÁSCARA
Escrita por el enorme escritor estadounidense Corman McCarthy, cuyos textos ya fueron adaptados en Espíritu salvaje (Thornton, 00), No es país para débiles (hermanos Coen, 07) y El último camino (Hillcoat, 09), y dirigida por Tommy Lee Jones (Los tres entierros de Melquiades Estrada, 05), quien también actúa con vigor, Al límite del atardecer (The Sunset Limited, EU, 11) es una confrontación cara a cara entre un profesor suicida, con convincentes argumentos para explicar su rendición, y su rescatador, un ex-convicto con sólidas capacidades para el cuestionamiento, ahora guiado por la palabra de Dios, interpretado convincentemente por Samuel L. Jackson.
En un escenario mínimo cuidadosamente dispuesto, los diálogos de fuerte carga reflexiva van de la necesidad de significar algo para los demás y que ellos representen algo para ti, a la posibilidad de conectarse con la divinidad y poder escuchar su mensaje, vía el silencio y la apertura personal: el sentido de la vida como una construcción permanente, no exenta de incertidumbre y momentos de angustia en los que pareciera que nadie está allá afuera, excepto el destino terminal irrumpiendo al atardecer, cuando las respuestas escasean y las preguntas se ahogan en la vía del tren.
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